El valor comunicativo del silencio

Dice un aforismo que el silencio es quizá el ruido más rotundo de todos. Y, precisamente, esta singular cualidad inherente y subliminal provoca que algunos locutores teman al silencio porque lo interpretan como un vacío en la locución. Pero, que no exista sonido no quiere decir que no exista comunicación. El silencio tiene un inmenso valor comunicativo y, manejado de forma correcta, permite enriquecer el discurso y transmitir mensajes con mayor eficacia.

Como se puede suponer, no estamos refiriéndonos a las pausas lógicas e imprescindibles utilizadas para controlar la respiración y administrar el aire sino a los paréntesis intencionados, esas brevísimas rupturas de la métrica elocutiva que permiten determinar el ritmo general de la locución y que suministran al oyente claves subconscientes sobre el contenido expuesto. Estos silencios forman parte consustancial del lenguaje oral y están considerados como un ingrediente vital del proceso comunicativo. Por este motivo, en las locuciones profesionales es esencial saber gestionar y distribuir de manera adecuada las pausas.

En realidad el uso de los silencios en las locuciones no está regido por reglas o parámetros fijos e inmutables. Básicamente se considera apropiado marcar pausas cortas y medianas, rehuyendo siempre las paradas prolongadas ya que un silencio dilatado puede denotar falta de seguridad y provocar que la audiencia pierda la atención. También es importante dosificar estas transiciones porque un discurso muy pausado suele conducir al tedio y al aburrimiento. Y, por supuesto, es fundamental evitar paréntesis innecesarios que pueden llegar a obstaculizar la comprensión del mensaje.

No obstante, sí se han establecido dos categorías de silencio: objetivo y subjetivo. El silencio objetivo es sencillamente la ausencia de sonido, sin más connotaciones. Su principal función es ortográfica y, por tanto, sirve para señalizar los signos de puntuación en la comunicación oral definiendo así la cadencia de la secuencia fónica. En este sentido, el silencio objetivo es una herramienta de locución decisiva porque sin estos pequeños intervalos mudos la comunicación verbal sería demasiado rápida, poco entendible y, en definitiva, caótica.

Por su parte, el silencio subjetivo se emplea con una intencionalidad narrativa y es un instrumento tan valioso como las propias palabras. Como cualquier otro recurso paraverbal del lenguaje, el silencio es un mecanismo psicológico que posee una gran potencialidad expresiva y que busca generar una respuesta emotiva en el receptor. Aplicado con imaginación el silencio puede ser muy elocuente y contribuye a crear efectos retóricos diversos como intrigar, suscitar la reflexión o aportar dramatización. Además, destaca y revaloriza el significado de las palabras y aporta una carga relevante que encuadra la trama del mensaje. En resumen, los silencios son una especie de ilustración sonora que, bien organizados, ayudan al oyente a no dispersar su atención, a asimilar la información que está recibiendo y a descifrar los aspectos más sutiles del relato.

Por tanto, es primordial aprender a gestionar los códigos de las interrupciones elocutivas proyectándolos en beneficio de la locución. No hay que sentir miedo del silencio. Muy al contrario, debe ser considerado como un aliado sustancial de la exposición sonora y hay que saber gobernarlo para potenciar y perfeccionar el discurso y reforzar el interés del oyente. Para ello, es preciso instruirse, ejercitarse y profundizar en la comprensión del texto y en el sentido que adquieren los silencios dentro de él. El uso correcto de las pausas fónicas requiere práctica y una cierta metodología y estrategia que ayude a insertar las transiciones silenciosas en los puntos exactos. Un locutor que no maneja bien las interrupciones compromete la calidad y credibilidad de su trabajo. Un locutor que es capaz de dominar el arte de los silencios poseerá la esencia del ritmo, el énfasis y la dramatización.