El paralenguaje: la dimensión emocional de la comunicación

El único aliado de un locutor a la hora de comunicar es su voz. Pero, para extraer el máximo rendimiento de la voz y conseguir el objetivo de transmitir eficazmente ideas y emociones no solo es imprescindible una dicción impecable sino también una adecuada puesta en escena. No hay que olvidar que una de las principales habilidades que debe poseer un locutor profesional es la capacidad de escenificación, una suerte de talento actoral que le ayuda a reflejar sentimientos y sensaciones. Y es aquí donde entra en juego lo que se conoce como lenguaje paraverbal o paralingüístico, un concepto que había quedado relegado a un segundo plano pero que cada vez está cobrando mayor relevancia en el ámbito de la comunicación oral.

Como su propio nombre indica, el paralenguaje es un fenómeno comunicativo que está situado “más allá de los vocablos”. Según las definiciones aportadas por diferentes autores es el canal por donde circulan los aspectos no semánticos del lenguaje o el cauce por donde fluyen las emanaciones sensibles que desprenden las palabras. Incluso algunos expertos consideran que el paralenguaje es con respecto a la comunicación lo mismo que la música con respecto a una canción. Por exponerlo de un modo más simple, el lenguaje paraverbal se refiere a cómo se dicen las cosas no a lo que se dice.

El paralenguaje es el compendio de una serie de manifestaciones paraverbales que complementan y maximizan la expresión oral, mejoran la comprensión del lenguaje verbal e insuflan vida a las diversas intenciones del discurso. El paralenguaje forma parte indisoluble del proceso comunicativo e interviene en la interpretación y percepción del mensaje hablado, de hecho, ejerce una enorme influencia en el receptor u oyente permitiéndole captar algo más de lo que se manifiesta con palabras y descifrar con mayor precisión el contenido emotivo que subyace en el guión establecido.

El lenguaje paraverbal se construye con las variaciones que se imprimen a la voz utilizando atributos como la entonación, el volumen, el ritmo, el énfasis y las pausas y silencios intencionados. Todos estos subcódigos paralingüísticos son portadores de significado y afectan directamente a la línea argumental. Unos ejemplos cotidianos y fáciles de entender son el empleo de una entonación ascendente al final de una frase cuando se formula una pregunta o de una entonación descendente cuando se concluye una exposición. Otros ejemplos muy representativos son los sarcasmos o las ironías, en los que la modulación de la voz contradice al mensaje.

Utilizando las inflexiones y matices vocales se puede conseguir precisar rasgos o ideas, enfatizar conceptos y provocar determinados efectos en el receptor. No hay más que fijarse en cómo un tono suave suscita dulzura o ternura y una entonación dura o estridente genera una clara sensación de agresividad. Lo mismo ocurre con la intensidad del volumen: del susurro al grito hay una infinidad de escalas que denotan múltiples sensaciones que van desde la timidez a la impresión de autoridad. E igualmente el ritmo o fluidez de la locución pueden convertir una disertación en monótona o dinámica.

En conclusión, todo lenguaje oral se conforma mediante un tupido engranaje de palabras y elementos paraverbales y son estos ingredientes eminentemente subliminales del lenguaje paraverbal los que, en última instancia, enriquecen la locución y consiguen trasladar al receptor la dimensión emocional de la comunicación